El anarcoprimitivismo: crítica radical de la civilización

Por Julie

Traducción de Juan Gabriel Caro Rivera

Artículo publicado en Rébellion 102 (mayo de 2025)

Ante los retos ecológicos, las preocupaciones legítimas relacionadas con la tecnología y las injusticias sociales cada vez más marcadas, algunas corrientes de pensamiento colapsistas proponen un cuestionamiento radical de los fundamentos de nuestra civilización. Entre los neoluditas, los ecologistas radicales y otros supervivencialistas decrecentistas, el anarcoprimitivismo se inscribe en esta perspectiva al defender la idea de que la mayoría de los problemas sociales y medioambientales se derivan, sin duda, de la sociedad industrial, pero aún más de la neolitización, con la llegada de la agricultura, la sedentarización y el desarrollo de estructuras estatales y tecnocráticas.

El anarquismo y la antropología en el origen del anarcoprimitivismo

Esta doctrina política tiene sus raíces en el anarquismo clásico y su rechazo del Estado, las instituciones coercitivas y la explotación capitalista, al tiempo que integra críticas antropológicas y ecológicas. Figuras como Mijaíl Bakunin y Pierre Kropotkin sentaron las bases de una crítica de la dominación y defendieron modelos de sociedad basados en la ayuda mutua y la autogestión. Kropotkin, en particular, en su obra El mutualismo, un factor de la evolución (1902), demostró que la cooperación era un principio fundamental de la vida, cuestionando la idea de una competencia social necesaria. Esta visión inspiró a los anarcoprimitivistas, que ven en las sociedades no industrializadas ejemplos de una vida colectiva más armoniosa e igualitaria. Sin embargo, mientras que el anarquismo clásico suele imaginar una sociedad libertaria moderna, el anarcoprimitivismo lleva la crítica más allá: para él, no solo el Estado o el capitalismo son problemáticos, sino la civilización misma, con sus estructuras jerárquicas y sus tecnologías alienantes. 

Autores como John Zerzan o Fredy Perlman han contribuido a teorizarlo, denunciando los efectos alienantes de la domesticación, el progreso técnico y todos los artificios que han alejado al ser humano de sí mismo. En Contra el Leviatán (1983) Fredy Perlman analiza la historia de la civilización como una lenta marcha hacia la centralización del poder y la dominación de los individuos. Para él, la aparición de la escritura, la agricultura y las primeras grandes ciudades marcó el comienzo de una sociedad basada en la coacción y la explotación. La tesis anarcoprimitivista afirma que las sociedades preagrícolas, basadas en la caza y la recolección, ofrecen condiciones de vida más igualitarias y acordes con las necesidades humanas. Esta es también la idea que defiende, con argumentos, el antropólogo Marshall Sahlins, quien, en su libro La edad de piedra, La edad de la abundancia: la economía de las sociedades primitivas (1974), desmonta el mito del salvaje que lucha por su subsistencia y expone los verdaderos principios de la economía primitiva, que en realidad aporta abundancia y mucho más tiempo libre.

La antropología constituye la verdadera base del anarcoprimitivismo. Las sociedades de cazadores-recolectores se citan a menudo como ejemplos de sociedades precivilizadas en las que los individuos vivían en equilibrio con su entorno, como los sans del desierto del Kalahari o los jarawa de las islas Andamán. Ya en el siglo XIX, algunos investigadores, como Lewis Morgan (Ancient Society, 1877), destacaron la existencia de sociedades denominadas «primitivas», en las que la organización social se basaba en la ayuda mutua y en una relativa igualdad. Estos estudios inspiraron a Friedrich Engels en El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado (1884). El antropólogo francés Lucien Lévy-Bruhl llevó a cabo interesantes investigaciones sobre el pensamiento primitivo, que publicó en seis volúmenes. Estos estudios contribuyeron a deconstruir la visión colonialista y su sobrevaloración del pensamiento racionalista en detrimento del pensamiento simbólico. Jacques Cauvin, al intentar explicar la aparición, en el Neolítico, de un funcionamiento basado en una mentalidad completamente diferente en la percepción y la comprensión de la realidad, evoca una «revolución de los símbolos» y la aparición de nuevas estructuras mentales (Naissance des divinités, naissance de l’agriculture, 1994). Esta revolución simbólica estaría, por tanto, en el origen de nuevos comportamientos religiosos y de la aparición de la agricultura.

La agricultura como origen del mal

La agricultura, a menudo identificada como un punto de inflexión, marca la aparición de la propiedad de la tierra, las primeras formas de desigualdad social, una alimentación menos diversificada que provoca problemas de salud (las famosas enfermedades de la civilización) y dependencia de las cosechas, el sedentarismo, un desequilibrio demográfico exponencial y las primeras estructuras jerárquicas y coercitivas. La paleoparasitóloga Alizé Hoffman realizó una tesis dedicada a los impactos de la neolitización en la evolución de los sistemas huésped-parásito. En ella se puede leer: «Ya en 1971 T. A. Cockburn señalaba una primera transición epidemiológica correspondiente al Neolítico; la domesticación había provocado profundos cambios en los ecosistemas y en la historia de la humanidad. La neolitización, con todo lo que implica en términos de cambios socioeconómicos, contribuyó a modificar nuestras relaciones con respecto a las parasitosis. Estos cambios afectaron a los sistemas huésped/parásito. La agrupación de poblaciones, la sedentarización, la convivencia en un mismo espacio de diferentes especies (animales y vegetales, en particular alóctonas), la deforestación, la irrigación, el uso de fertilizantes, el pastoreo o el almacenamiento de alimentos son comportamientos que han contribuido a modificar las fronteras de la ecología de los diferentes agentes parasitarios que nos rodean». 

El antropólogo James C. Scott, en Homo Domesticus, la historia profunda de los primeros Estados (2017), aborda en profundidad la cuestión del papel del cultivo de cereales en la formación de los Estados. El politólogo Paul Ariès, en su obra Historia política de la alimentación (2016), identifica el almacenamiento de alimentos como el origen de las desigualdades. En las sociedades preagrícolas, los individuos no tenían roles fijos y dedicaban poco tiempo a las tareas necesarias para su supervivencia. La introducción de la agricultura y la artesanía provocó progresivamente una especialización del trabajo, creando una jerarquía entre los que producen y los que dirigen. El anarcoprimitivismo rechaza esta división del trabajo, que considera una fuente de alienación: el trabajo se convierte en una obligación y deja de ser una actividad libremente elegida, los individuos pierden su autonomía (pasando a depender de estructuras sociales complejas) y el desarrollo de oficios especializados genera desigualdades al favorecer la aparición de una clase dominante. El fuego también se propone como posible causa primera, ya que su domesticación dio lugar a nuevas formas de cultos religiosos y la cocción de los alimentos pudo modificar el comportamiento humano.

A diferencia de otras corrientes que, como el arqueofuturismo de Guillaume Faye, consideran que la tecnología podría utilizarse al servicio de una sociedad igualitaria, los anarcoprimitivistas consideran que satisface necesidades artificiales. Henry David Thoreau se suma a esta crítica en Walden, al ver en la tecnología una forma de distracción de la verdadera esencia de la existencia humana.

También se denuncia la forma en que la tecnología se utiliza para reforzar los sistemas de control social, gracias a la informática y la vigilancia masiva, como expone Michel Foucault en Vigilar y castigar.

El transhumanismo se considera la culminación definitiva del proceso de deshumanización iniciado por la civilización: una ruptura definitiva con la naturaleza, un refuerzo del control social, todo ello enmarcado en un proyecto eugenésico (véase Laurent Alexandre). Esto sitúa a los anarcoprimitivistas del lado de los «bioconservadores».

El anarcoprimitivismo considera la civilización como un proceso de autodomesticación, especialmente a través de la educación, las normas sociales y las estructuras de poder, que transforma a los individuos en engranajes de un sistema globalizado, les impone comportamientos estandarizados y necesidades artificiales, y atrofia su instinto natural. Por lo tanto, no basta con luchar contra determinadas instituciones o contra el capitalismo: hay que cuestionar la civilización en su conjunto. No se trata de reformar el mundo moderno, sino de salir de él, de «desalienarse» y recuperar una existencia basada en la inmediatez, la autonomía y la conexión directa con lo vivo.

Vuelta al estado salvaje

Desde esta perspectiva, algunos anarcoprimitivistas decididos optan por poner en práctica sus ideas adoptando modos de vida al margen de las estructuras impuestas por la civilización industrial. Existen ejemplos de estas comunidades en todo el mundo, como los «rewilders» en América del Norte, que buscan reaprender los conocimientos ancestrales relacionados con la supervivencia en el medio natural. Algunos optan por vivir en cabañas, practicar la permacultura o adoptar un estilo de vida nómada, inspirándose en los pueblos indígenas. Estas experiencias suelen documentarse en relatos de vida, como los de Christopher McCandless, cuya historia se popularizó gracias a Into the Wild, o los de Mark Boyle, autor de El hombre sin dinero, que vivió varios años sin utilizar dinero, en autosuficiencia.

La transición a un estilo de vida fuera de la red requiere un profundo conocimiento de la supervivencia y la botánica, así como la capacidad de adaptarse a condiciones naturales a veces duras. Nada que perder, todo por ganar: se trata de convertirse en una mejor versión de uno mismo. Dicho esto, sabemos que este estilo de vida se ve a veces amenazado por las leyes modernas que prohíben o regulan estrictamente el acceso a la tierra, la caza o el uso de los recursos naturales. Estos obstáculos ponen de manifiesto las tensiones entre el ideal anarcoprimitivista y la realidad de un mundo estructurado por instituciones estatales y económicas difíciles de eludir. Por eso es importante que los anarcoprimitivistas se unan y se organicen.

El ecosabotaje se utiliza a veces como medio de acción directa. Históricamente, las acciones relacionadas con este tipo de activismo han sido llevadas a cabo por grupos como Earth First o Earth Liberation Front (ELF), con un programa que incluye el sabotaje de proyectos de deforestación, instalaciones petroleras o infraestructuras viarias. Theodore Kaczynski, aunque su acción tomó un cariz extremo y terrorista (quizás debido a los experimentos psicológicos a los que fue sometido en el marco del proyecto MK Ultra), también defendía la idea de que la lucha contra la sociedad industrial requería la destrucción de los sistemas tecnológicos, ya que consideraba que las soluciones reformistas o ecologistas eran ineficaces ante la magnitud de la crisis civilizatoria. Sin embargo, el ecosabotaje es un tema controvertido: algunos lo ven como una respuesta legítima a la destrucción irreversible del medio ambiente, mientras que otros critican su eficacia y sus posibles consecuencias (en particular, el aumento de la represión estatal y la dificultad de movilizar el apoyo popular en torno a acciones percibidas como radicales o violentas).

Desde la perspectiva primitivista, la transmisión del conocimiento se realiza a través de la experiencia directa, la práctica y la observación del mundo natural, al igual que en las sociedades primitivas, donde los niños aprenden mediante la observación, la imitación y el juego. Existen iniciativas contemporáneas en este sentido, como las escuelas de supervivencia en Estados Unidos, donde los formadores enseñan habilidades de vida primitiva como encender fuego sin mechero, construir refugios naturales, fabricar herramientas de piedra o reconocer plantas comestibles y medicinales.

Un pensamiento en pleno auge

El anarcoprimitivismo no cuenta (todavía) con el apoyo unánime de los anarquistas. Se le reprocha, en particular, un rechazo demasiado globalizador de la tecnología, y se señala el hecho de que la difusión de las ideas primitivistas se realiza a través de soportes tecnológicos (libros, Internet), lo que puede parecer una contradicción. Sin embargo, mientras que algunos optan por un modo de vida totalmente desconectado, otros asumen mantener un pie en la sociedad moderna, por motivos de visibilidad, influencia y poder de acción. Sería imprudente quedarse indefensos ante el dominio aplastante de la civilización, como las tribus actuales obligadas a sedentarizarse, confinadas en reservas, perseguidas o eliminadas. Las críticas feministas también han señalado que algunas sociedades primitivas idealizadas por los primitivistas no siempre garantizaban la igualdad entre los sexos; de hecho, esta es una crítica que Theodore Kaczynski formuló a John Zerzan en su manifiesto La sociedad industrial y su futuro (1995). Ana Minski, feminista anarcoprimitivista comprometida, defiende la idea de que estas sociedades primitivas (los baruyas de Papúa Nueva Guinea, por ejemplo), aunque patriarcales, no lo eran en origen y lo llegaron a ser debido a influencias externas. Esta explicación coincide con la del antropólogo estadounidense Douglas P. Fry sobre el origen de la violencia en algunas tribus.

Lejos de ser una simple utopía irrealizable, el anarcoprimitivismo está experimentando hoy en día un renovado interés, especialmente ante los callejones sin salida ecológicos y tecnológicos del mundo moderno. Cada vez más personas cuestionan los fundamentos de la civilización industrial y exploran alternativas inspiradas en la sobriedad y la autonomía. Ya se trate de experiencias de vida fuera de la red, de la reapropiación de conocimientos ancestrales o de una crítica radical del progreso, este pensamiento sigue inspirando reflexiones y prácticas concretas. Para más información, puede consultar anarcho-primitivisme.com, una plataforma de conocimientos dedicada al anarcoprimitivismo y la antropología.

Fuente: https://rebellion-sre.fr/lanarcho-primitivisme-critique-radicale-de-la-civilisation/

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