Sobre el anarquismo

Por Olivier François

Traducción de Juan Gabriel Caro Rivera

Desde hace diez años, y a menudo debido a la existencia de una ecología política radical, los editores y los grupos militantes que se encuentran en los márgenes de las corrientes principales de la política oficial, han redescubierto la riqueza de una tradición anarquista que la ortodoxia intelectual había descalificado durante mucho tiempo usando el calificativo de ser utopistas e insubordinados. La revista defensora del decrecimientoEntropia, o el colectivo anti-industrial español Los Amigos de Ludd, evocan regularmente las obras de Pierre Kropotkin o Elisée Reclus, y subrayan las convergencias históricas existentes entre el movimiento libertario y las reacciones populares contra la Sociedad industrial, especialmente en los casos de España y de Rusia.

Las ediciones de La lenteurl’offensive libertaire et sociale, el grupo Oblomoff o el colectivo anticientífico y con sede en Grenoble Pièces et main d’oeuvre también ofrecen buenos ejemplos de estas publicaciones y estos movimientos de inspiración libertaria que no se resignen a ser auxiliares de la izquierda progresista y afronten con seriedad las miserias y los retos de la época actual. Todos ellos insisten en criticar la ideología del progreso y el culto al crecimiento y reaccionan ante los peligros que plantean las nuevas tecnologías de la vigilancia frente a las condiciones de una vida libre y digna. Esta nebulosa, bastante informal, es heredera, desde una perspectiva muy forma y crítica, del anarquismo de los últimos siglos.

Los ensayistas católicos Jacques de Guillebon y Falk van Gaver, escriben al final de un libro que publicaron recientemente (1) que se dedicaron a una relectura muy personal del anarquismo, mostrando que la bandera negra podía coexistir con una sensibilidad conservadora o incluso reaccionaria, y recordaron la influencia del pensamiento contrarrevolucionario sobre Pierre-Joseph Proudhon y también la influencia que el patriarca del anarquismo francés ejerció sobre el joven Maurras. Su obra es por lo tanto un manifiesto anarquista y cristiano que ilustra de forma increíble los múltiples puntos en que convergen el espíritu evangélico y el radicalismo utópico de muchos pensadores anarquistas. Es cierto que las violentas diatribas anti-burguesas de un Léon Bloy a menudo se asemeja a las de un anarquista individualista como Georges Darien, y sabemos que los situacionistas eran lectores fervientes de Bossuet y del mendigo ingrato. Al final de su vida, Guy Debord confesó, en una carta fechada el 12 de abril de 1993 y dirigida a su amigo Ricardo Paseyro, la gran simpatía e interés que sentía por los “católicos extremistas” (2).

Varias reediciones recientes, en particular las memorias escritas por el revolucionario Pierre Kropotkin y la enciclopedia anarquista de Sébastien Faure, se encuentran entre los últimos signos de este renovado interés contemporáneo por el pensamiento libertario que ha inspirado a filósofos y escritores tan diversos como Léo Malet, Louis Guilloux, los personalistas cristianos Emmanuel Mounier y Nicolas Berdiaev, Jacques Ellul y Bernard Charbonneau, y también entre eminentes pensadores de hoy como los son Jean-Claude Michéa y René Scherer.

Pero, a pesar de este renacimiento demasiado tímido del mismo, el pensamiento anarquista permanece oculto bajo clichés y consignas como ni Dios ni amo y la bandera negra o leyendas oscuras que probablemente asusten o espanten a los burgueses, a los bandidos y los farsantes que usaban frac y eran muertos por bombas durante la Belle Époque, leyendas que a menudo oscureciendo la fuerza y ​​la complejidad de su pensamiento. El anarquismo también es muchas veces confundido con una revuelta infantil y febril, donde la lucha por la emancipación sería sinónimo de la transgresión y de un liberalismo exacerbado. Hoy en día los anarquistas oficiales -los que nos encontramos en el fondo de las manifestaciones y que son supervisados ​​por la policía, los sindicatos y los partidos de izquierda- ofrecen efectivamente el espectáculo angustioso de izquierdistas que, como los demás, no son sino representantes de los “motines a lo Panurge” [1] que se apresuran a defender todas las buenas causas del pensamiento progresista y buenista. Estos anarquistas al servicio del espectáculo y subvencionados persisten en considerar que sus enemigos son el cura con sotana y el padre de una familia numerosa, especialmente en un momento cuando las élites globalizadas asumen con orgullo que se han liberado de los últimos vestigios de la moral tradicional; se dedican a denunciar a las figuras de un viejo mundo patriarcal que el turbocapitalismo ya ha liquidado. En otros tiempos, estos anars posmodernos habrían sido correctamente llamados idiotas útiles…

Estas caricaturas, con todos sus malentendidos, son los que todavía impiden que muchas grandes mentes se acerquen a una tradición crítica que, sin embargo, podría inspirar una alternativa tanto al liberalismo globalizado como a las ideologías fundamentadas en el desarraigo, al igual que a las tentaciones de recurrir a un Estado de bienestar moribundo y a las fantasías de llevar a cabo un restauracionismo autoritario. De hecho, muchos anarquistas han desarrollado a menudo pensamientos y prácticas que van en contra de los dogmas progresistas modernos. En su clásica Histoire de l’Anarchie (3), que fue publicada en 1949, Claude Harmel incluso llego a escribir que la revuelta anarquista era “una protesta de la antigua civilización campesina contra el dominio del derecho romano y la tiranía moderna basada en el abstraccionismo italiano”. Esta fórmula, por concisa que sea, subraya precisamente esta relación conflictiva de los anarquismos con las fuerzas, autoridades y jerarquías que nacieron de la Modernidad política y económica. Frente a los desarrollos llevados a cabo por el Estado moderno y el capitalismo industrial, frente a las nuevas disciplinas del trabajo asalariado y los “gravámenes en masa” cometidos por los jacobinos, los anar tuvieron a menudo de su lado el honor de la lucidez y el haber llegado a comprender que estas instituciones en un futuro crearían sociedades basadas sobre la prisión. Ideas consideradas como “civilizadas” y que siguen vigentes, en un momento en que las tarjetas de identidad biométrica, los chips electrónicos y la estandarizaron de la realidad europea se están llevando a cabo. Al respecto, citemos un célebre apóstrofe de Proudhon sobre el destino de los gobernados, que parece describir tanto la movilización total de las masas sumisas frente a los regímenes totalitarios del siglo XX y que anuncia ciertos aspectos de la vida del ciudadano de nuestros mercados y democracias tele-controladas:

“Ser gobernado es ser custodiado, inspeccionado, espiado, dirigido, legislado, reglamentado, estacionado, adoctrinado, predicado, controlado, estimado, apresado, censurado, comandado, por seres que no tienen título ni ciencia ni virtud. Ser gobernado es que cada transacción, cada movimiento, sea anotado, registrado, listado, tasado, sellado, evaluado, cotizado, criticado, autorizado, reglamentado, amonestado, prevenido, reformado, rectificado, corregido. Es con el pretexto de la utilidad pública y en nombre del interés general que se es invocado, ejercido, rescatado, explotado, monopolizado, conmocionado, exprimido, desconcertado, robado; luego, a la menor denuncia, a la primera palabra de denuncia se es reprimido, atacado, vilipendiado, vejado, rastreado, regañado, noqueado, desarmado, golpeado, encarcelado, fusilado, ametrallado, juzgado, condenado, deportado, sacrificado, vendido, traicionado y para coronar todo esto al final se es estafado, engañado, ultrajado y deshonrado” (4).

Como Jean-Claude Michéa nos recuerda comentando a los primeros teóricos del socialismo, resulta ser una ilusión retrospectiva clasificar a Proudhon, Kropotkin o incluso a Bakunin como los grandes antepasados ​​de la izquierda contemporánea, ya que no es raro encontrar en sus obras muchos textos en los que ciertos aspectos sociales y económicos de las comunidades tradicionales son defendidos muchas veces en contra de la atomización liberal y de la república “única e indivisible”. Como señaló Maurras en un prefacio demasiado poco conocido de sus ensayos históricos, “No existe ningún futurismo que no sea primero animado por un ardiente atraso”. Si los primeros anarsfueron revolucionarios y futuristas, fue debido a que manifestaban este espíritu arqueo-futurista. Su simpatía por el pasado, que a menudo idealizaban, fue el instrumento de una crítica radical contra los nuevos ídolos creados por la Modernidad. Frente a la centralización que había nacido de la monarquía absoluta y que fue acentuada por la revolución burguesa de 1789, los libertarios opusieron en cambio las experiencias desarrolladas por la comuna medieval, y frente a la división del trabajo y la prisión creada por el desarrollo industrial, opusieron el ideal de la solidaridad propio de las viejas corporaciones de artesanos. Por lo tanto, es lógico que durante mucho tiempo hayan rechazado cualquier compromiso con la burguesía progresista de su tiempo. Una burguesía que consideraban que, en nombre de la declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, pensaba que el derecho de huelga y la unión entre los proletarios era un obstáculo insoportable para la libertad de empresa.

En un momento dominado por la pasión hacia el estatismo republicano y el economismo liberal que tenía como principio la búsqueda de una unidad abstracta – sustentadas por el jacobinismo o el gran mercado indiferenciado – los anarquistas buscaron, por el contrario, pensar en una forma de conjugar las diferencias, de encontrar entre la acción libre de las comunidades y la unidad necesaria, un equilibrio que no encuentra su solución en el uso de la fuerza coercitiva o la transformación de la sociedad en un cuartel, ni en una utopía liberal que reconoce sólo el consumismo, el egoísmo y la producción. Kropotkin, el “príncipe negro de la anarquía”, culpó al Estado moderno de haber destruido los lazos entre los hombres que eran propios de las sociedades pre-capitalistas. Añadió que los jacobinos de 1793 habían destrozado a quienes se habían resistido al absolutismo real “para que la nación se convirtiera en una masa incoherente de súbditos que no son unidos por nada y están sometidos en todos los aspectos a una autoridad central”. Sobre este último punto, la crítica anarquista ha visto en la Modernidad la época de las masas y las multitudes solitarias. Así que uno de los intereses del federalismo libertario – desde Proudhon hasta Murray Brocklin – es no sacrificarse a ese fetichismo de la unidad que a menudo ha caracterizado a muchos proyectos revolucionarios de los últimos siglos. Al contrario, se necesita buscar caminos que nos lleven hacia la verdadera autonomía de las comunidades humanas. Ya sea que esta autonomía sea política o que espere el gran despertar, se debe trabajar, hic et nunc, para construir esas alternativas. La historia del movimiento anarquista se encuentra marcada por múltiples intentos de romper concretamente con el Estado y por la idea de salir de los principales circuitos que componen la economía capitalista. Nos vienen a la mente las cooperativas agrarias creadas por los insurgentes de 1936 en Cataluña, con escuelas auto-gestionada, trabajo mutuo, etc.

Cabe señalar que, frente a esta defensa e ilustración del federalismo, muchos anarquistas agregaron muy pronto críticas a la ideología del crecimiento. Ya podemos encontrar rastros de ella en ciertos escritos de Proudhon. El viejo revolucionario lamenta, pues, que el hombre moderno “tenga fe en lo que él llama la fortuna” y que “considere la acumulación de riquezas y el goce subsiguiente como un fin en sí mismo”, mientras se marchita este siglo que esta “penetrado por esta creencia incluso más loca que todas las otras que dice reemplazar”. Una frase que nos invita a pensar.

Por último, los anarquistas a menudo han realizado una crítica radical de los procedimientos modernos de representación que sigue siendo muy fuerte y relevante hasta hoy. En un momento en que la nueva clase elitista promueve la gobernabilidad, mientras que los sindicatos y los partidos de izquierda se han unido “al diálogo social”, muchos textos anarcosindicalistas siguen siendo instrumentos esenciales para combatir las mistificaciones políticas de nuestro tiempo y nos ayudan a evitar caer en las trampas de la política parlamentaria. Atacando el mito de la soberanía popular, convergen con las ideas sostenidas por lo mejor que produjo la polémica contrarrevolucionaria, pero con la intención de defender la ciudadanía activa frente al “espectáculo de la representación”. Édouard Berth en su libro Les Méfait des intellectuels (1914) resume perfectamente los agravios anarquistas contra la democracia representativa. Escribe que esta democracia ve “la libertad sólo como la de una mónada, o si se prefiere la libertad de Epicuro, retirado del mundo, en la paz de su ataraxia egoísta y solitaria. Y así entiende la democracia al pueblo como rey: de su poder colectivo, gracias a él, no queda más que una procesión de sombras temerosas, las cuales se ejercitan, tiemblan y se esconden, en medio del silencio de una conciencia abandonada ante el egoísmo y la cobardía, según una supuesta soberanía”. Las urnas y las cabinas de votación son entonces los símbolos de la abdicación. Usando un lenguaje más abierto, el panfletista anarquista Émile Pouget pidió, en 1896, a los lectores de su Almanac du père peinard que le indicaran “un engaño más bullicioso, una serpiente para tragar, más grande que la Boa de la soberanía popular”. Vemos que los anars tenían pocas ilusiones sobre las posibilidades de una revolución por medio de las urnas…

Si el anarquismo a veces ha pecado por su aventurerismo y su negativa a tener en cuenta ciertas limitaciones de la acción política, sigue siendo una viva fuente de inspiración para quienes rechazan la falsa alternativa entre las revoluciones totalitarias y la pesadilla climática que encarna la democracia de libre mercado. Pero sin duda es necesario revisar su historia y releer a estos pensadores a la luz de sus ideas mucho más políticas. Es necesario hacer que la ira de Bakunin, las intuiciones de Proudhon y las prácticas insurreccionales de los anarcosindicalistas convivan con nuevas fórmulas de acción y crítica social que tengan el rigor y la lucidez de un Maquiavelo o un Julien Freund.

Notas:

  1. L’anarchisme chrétien, L’œuvre édition, 2012.
  2. “Querido Ricardo, leí con gran interés el libro de tu amigo Georges Laffly, los católicos extremistas son los únicos que me parecen simpáticos, es especial Léon Bloy. Es un libro como muy pocos: tiene un aire de perfecta sinceridad”. Extracto de una carta de Guy Debord a Ricardo Paseyro, 12 de abril de 1994.
  3. Este libro está disponible en ediciones Ivrea.
  4. Idée générale de la révolution au dix neuvième siècle, 1851.

Notas del Traductor:

1. Juego de palabras en francés entre mutinsy mouton, que son bastante similares en su pronunciación. El autor esta haciendo referencia a la expresión Mouton de Panurge, que significa “oveja de Panurge”, usada para designar a un seguidor: una persona que imita lo que hacen los otros sin hacer preguntas, que sigue instintivamente lo que hace el mayor número de personas y se funde en un movimiento colectivo sin ejercitar su espíritu crítico y que tampoco muestra ninguna prueba de inteligencia que se puede esperar de un ser humano.

Fuente: http://rebellion-sre.fr/de-lanarchisme%ef%bb%bf/

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